lunes, 26 de diciembre de 2011

La ciudad estudios interdisciplinarios

La ciudad, la gran ciudad, la urbe, la metropoli, ha sido considerada desde la sociología desde Ezra Park (Universidad de Chicago) como un gran laboratorio de los social, con justa razón. La ciudadno sólo es un aglomerado de personas, casas, edificios, empresas, calles, plazas, automóviles, jardines, etc. Es también el espacio en que se han generado nuevas formas de convivencia y nuevos tipos de personas y grupos que eran inexistentes en el campo o en pequeños poblados. Así que la ciudad es mucho más que la simple suma de individuos, para convertirse en un ente cualitativamente diferente a lo hasta antes conocido. La sociedad y cultura occidentales han encontrado en la ciudad su espacio simbólico por excelencia, su gan monumento, su totem sagrado. Por ello la ciudad merece un estudio propio desde muy diverso ángulos y perspectivas. Tanto la sociológica como la arqueológica; también la perspectiva histórica, o la filosófica, o la etnológica; la psicológico social y la psicológico ambiental, sin demértito de lo aquitectónico, urbanístico y ecológico o lo ingenieríl. Tal es su complejidad y sofisticación y la dinámica de sus existencia. De ahí que la ciudad requiera el concurso de muchas disciplinas para su estudio y análisis, y requiera que se planteeen investigaciones interdisciplinarias que permitan observar el fenómeno urbano de manera integral y en toda su riqueza.
Ezra Park se dió cuenta de que la ciudad podía, y es, ese gran laboratorio de investigación y ese taller de trabajo para el científico social y para aquellos comprometidos con los servicios a la comunidad. Así que la ciudad no sólo debe ser estudiada por curiosidad intelectual, sino con el fin de incidir sobre sus problemas con el fin de solucionarlos de la mejor manera posible. Problemas que son, antes que nada problemas humanos, individuales o colectivos pero finalmente humanos. Así que hay que voltear la mirada a esta monumental obra donde lo mejor y lo peor de la condición humana convive y se mezcla de múltiples formas. Formas que retan la inteligencia de los científicos, los tecnólogos  y humanistas; de los artistas en todas sus variantes y posibilidades.    

Centrales camioneras, un intento fallido de organizar el transporte

En los años 70´s y 80's del siglo pasado, se hizo un gran esfuerzo por crear las cuatro grandes centrales camioneras de la ciudad de México, con el fin de evitar que los autobuses foráneos cirrcularan por la ciudad y que las terminales y estaciones de los mismos, estuvieran distribuídas deordenadamente por toda la ciudad. Fue un gran esfuerzo, que a final de cuentas, vemos hoy, resultó fallido, debido en gran parte a la debilidad de las autoroidades federales y locales para mantener el órden entre los transportistas. Hoy se ha desdibujado el esquema de que de cada terminal salieran autobuses para los distintos puntos cardinales del país; en la del norte, hacia el centro norte del país, el norte, noreste y noroeste del territorio nacional; en la del sur, hacia el sur y suroeste; en la de oriente hacia el sureste de la patria, y en la de occidente hacia el oeste y el noroeste de la nación. La líneas de grupo Estrella Blanca se las arreglaron para que de la terminal del sur salieran corridas hacia el norte y centro norte del país y viceversa. Pero además se crearon uan serie de terminales periféricas de las propias líneas y paradores para subir o bajar pasaje, o se crearon terminales como la de Tlalnepantla, edo. de México para sacar corrdias al sur suseste. Otas empresas pequeñas, no afiliadas a la Cámara de los autotransportistas de pasaje y turismo (CANAPAT), se las areglaon para abrir estaciones en zonas como  el famoso barrioTepito, acabando de completar un cuadro de desorden que ha hecho aún más caótico y conflictivo el tráfico citadino. El modelo de las cuatro grandes centrales quedó más que superado y no parece haber visos de que esta problemática se solucione en bien de la enorme metrópoli. Una vez más las autoridaedes federales y estatales se deben sentar a la mesa a buscar los mecanismos que permitan reestablecer el órden en la ciudad de México. Y esto se puede lograr combiando una localización lógica de las centrales de autobuses, con sistemas de transporte urbano que faciliten el traslado de los pasajeros dentro de la ciudad de manera ágil y económica. Ala par hay que organizar a esas pequeñas empresas cuyas terminales se ubican en plena calle o en estacionamientos de automóviles de manera clandestina o semiclandestina. No se trata de privara nadie del derecho de ejerceer legítimamente la actividad de trasportar, pero si de darle un órden lógico y racional de tal manerta que transportistas, usuarios y terceros no involucrados en esa actividad  se vean beneficiados conjuntamente.

lunes, 5 de diciembre de 2011

El rascacielos y la autopista urbana

La arquitectura, o más bien la historia de la arquitectura, nos ayuda a distinguir como en ciertas épocas de la civilización  humana, cierto tipo de edificios y construcciones adquirieron un alto valor significativo y representativo de las mismas. La pirámides en Egipto o Mesoamérica, los Castillos en Europa, las Iglesias (templos), durante la colonización de América Latina y la imposición del órden colonial, etc. En nuestra época creo que hay dos tipos de construcción que son altamente simbólicas y representativas de nuestra época en términos arquitectónicos, estas son los rascacielos y la autopistas urbanas. Dos tipos de construcciones en que el espíritu de la modernidad ha encontrado una forma única de expresarse. Los enormes edificios de concreto, hierro y vidrio que cada vez alcanzan alturas mayores y que son monumentos a la modernidad, ya no a una ciudad o país determinado, sino a todo un modelo cultural, a una civilización, que no es otra sino la sociedad occidental. No hay ciudad occidental que no se precie de ser parte de la modernidad, del desarrollo económico, del progreso, donde no existan ya estos enormes edificios en los que el hombre moderno se rinde culto a sí mismo y a las cosas que es capaz de crear con su trabajo, imaginación y creatividad. Hubo una época, no muy lejana en que ningún edificio podía ser más alto que las torres de la iglesia principal del pueblo  y la ciudad, pues esas torres de alguna manera simbolizaban a Dios y al deseo del hombre por alcanzar a su divinidad. Hoy que el mundo se ha secularizado, que los objetos y las cosas se han sacralizado, nada mejor que una torre de 40 o muchos más pisos, para honrar al nuevo dios de la modernidad, del progreso, que con cemento, cal, arena, vidrio y aluminio, se ha impuesto sobre el dios espíritu al cual antes se rendía adoración.  Desde el piso 100 de una de esas magnificas torres, el mundo está a los pies del hombre y la sensación de poder y el vértigo que produce, la adrenalina que hace circular no tienen nada con que compararse, crean una experiencia que raya en lo místico y que hacen al hombre sentirse un verdadero dios que no requiere de nada más ni de nadie más. Desde el piso 100 el hombre es amo y señor del mundo y a su vez su esclavo más devoto. Con las autopistas sucede lo mismo, pues ellas posibilitan que el automóvil, esa extraordinaria maquina, sea más que una extensión del hombre, y se convierta en el objeto por excelencia en el que se expresan los más profundos anhelos, deseos y caprichos de su dueño, sobre todo los relacionados con el poder, el prestigio, la independencia y la libertad. Construir vías rápidas, amplias avenidas, estacionamientos en que guardar esa preciada maquina, autentico tesoro de su poseedor, no es un acto racional producto de una necesidad elemental, sino toda una obra encaminada a alentar el uso de tan preciado objeto, que como ya dijimos, es más que la extensión de uno mismo sino más bien, parte de uno mismo.  En el rascacielos, en la autopista urbana, radican los más profundos significados de la civilización presente. En esas obras arquitectónicas se expresan también las contradicciones y la irracionalidad humanas; la magnificencia y la miseria del hombre; el afán por ir cada vez más lejos y hacerlo lo más fluidamente posible, sin límites ni obstáculos. Ninguna civilización ha hecho más suya la orden bíblica de dominar y transformar al mundo a su imagen y semejanza, con todas las contradicciones y ambivalencias propias de la condición humana.