lunes, 5 de diciembre de 2011

El rascacielos y la autopista urbana

La arquitectura, o más bien la historia de la arquitectura, nos ayuda a distinguir como en ciertas épocas de la civilización  humana, cierto tipo de edificios y construcciones adquirieron un alto valor significativo y representativo de las mismas. La pirámides en Egipto o Mesoamérica, los Castillos en Europa, las Iglesias (templos), durante la colonización de América Latina y la imposición del órden colonial, etc. En nuestra época creo que hay dos tipos de construcción que son altamente simbólicas y representativas de nuestra época en términos arquitectónicos, estas son los rascacielos y la autopistas urbanas. Dos tipos de construcciones en que el espíritu de la modernidad ha encontrado una forma única de expresarse. Los enormes edificios de concreto, hierro y vidrio que cada vez alcanzan alturas mayores y que son monumentos a la modernidad, ya no a una ciudad o país determinado, sino a todo un modelo cultural, a una civilización, que no es otra sino la sociedad occidental. No hay ciudad occidental que no se precie de ser parte de la modernidad, del desarrollo económico, del progreso, donde no existan ya estos enormes edificios en los que el hombre moderno se rinde culto a sí mismo y a las cosas que es capaz de crear con su trabajo, imaginación y creatividad. Hubo una época, no muy lejana en que ningún edificio podía ser más alto que las torres de la iglesia principal del pueblo  y la ciudad, pues esas torres de alguna manera simbolizaban a Dios y al deseo del hombre por alcanzar a su divinidad. Hoy que el mundo se ha secularizado, que los objetos y las cosas se han sacralizado, nada mejor que una torre de 40 o muchos más pisos, para honrar al nuevo dios de la modernidad, del progreso, que con cemento, cal, arena, vidrio y aluminio, se ha impuesto sobre el dios espíritu al cual antes se rendía adoración.  Desde el piso 100 de una de esas magnificas torres, el mundo está a los pies del hombre y la sensación de poder y el vértigo que produce, la adrenalina que hace circular no tienen nada con que compararse, crean una experiencia que raya en lo místico y que hacen al hombre sentirse un verdadero dios que no requiere de nada más ni de nadie más. Desde el piso 100 el hombre es amo y señor del mundo y a su vez su esclavo más devoto. Con las autopistas sucede lo mismo, pues ellas posibilitan que el automóvil, esa extraordinaria maquina, sea más que una extensión del hombre, y se convierta en el objeto por excelencia en el que se expresan los más profundos anhelos, deseos y caprichos de su dueño, sobre todo los relacionados con el poder, el prestigio, la independencia y la libertad. Construir vías rápidas, amplias avenidas, estacionamientos en que guardar esa preciada maquina, autentico tesoro de su poseedor, no es un acto racional producto de una necesidad elemental, sino toda una obra encaminada a alentar el uso de tan preciado objeto, que como ya dijimos, es más que la extensión de uno mismo sino más bien, parte de uno mismo.  En el rascacielos, en la autopista urbana, radican los más profundos significados de la civilización presente. En esas obras arquitectónicas se expresan también las contradicciones y la irracionalidad humanas; la magnificencia y la miseria del hombre; el afán por ir cada vez más lejos y hacerlo lo más fluidamente posible, sin límites ni obstáculos. Ninguna civilización ha hecho más suya la orden bíblica de dominar y transformar al mundo a su imagen y semejanza, con todas las contradicciones y ambivalencias propias de la condición humana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario