viernes, 20 de abril de 2012

La ciudad, mirando el presente

No tengo nada en contra de la historia  ni del patrimonio cultural que la ciudades coloniales representan, en este caso, para México, que es mi país. Su riqueza es invaluable y debe ser preservada por todos los medios posibles, de eso estoy seguro. Pero tal vez por "deformación" profesional, soy sociólogo, sin despreciar el valor del pasado, tiendo a mirar el presente. Y desde esa perspectiva miro también el trabajo arqueológico y a la ciudad. A esa ciudad que está viva, funcionando, trabajando cotidianamente; renovandose y reproduciéndose día con día. A esa ciudad a cuyos habitantes puedo ver cara a cara y oberrvar llevando a cabo sus oficios o profesiones. Usando las maquinas, herramientas, instrumentos que la ciencia, la tecnología, la artesanía y el arte nos han aportado al momento presente. Es esa ciudad vibrante, como la ciudad de México, que ya nunca duerme, en donde viven casí 10 millones de seres humanos y otros 12 más que son población flotante, la que más me interesa. Porque aquí, como puede suceder con Asunción, Praguay, Sao Paulo, Brsil, Lima Perú, Tokio, Japón, Montreal en Canadá o New York en los Estados Unidos o Madrid en España, sólo por poner unos cuantos ejemplos, donde el objeto sociológico y arqueológico, se ofrece a la mirada del sociólogo y el arqueólogo de primera mano. No hay sino asomarse por la ventana o abrir la puerta que da a la calle, que la realidadse nos ofrece de primera mano. Y lo paradójico es que, a pesar de tener la realidad no más allá de la vuelta de la esquina, nos hayamos vuelto incapaces de verla y de sorprendernos ante lo que nuestros sentidos captan. Lo que lleva a la conclusión de que observar el presente puede resultar tan o más difícil que voltear la mirada hacia el pasado. La cotidianidad, la costumbre, se convierten en obstáculos a la visión. Pareciera que lo que hoy está frente a nuestros ojos siempre ha estado y estará justo ahí, pero eso no es verdad. Las cosas cambién, se transforman, aunque a veces no nos percatemos de ello. Y las personas también cambian, crecen, maduran, envejecen; unas cabian de residencia, otras se ocultan detrás de las paredes de us oficinas u hogares, nunca nada es lo mismo. Heráclito tenía razón, todo fluye, todo está en movimiento, todo se transforma y cambia. Y esa consideración no debiera olvidarla nunca el científico social, para no ser sorprendido y agarrado distraído. A lo largo de poco más de 30 años he visto la calle y la colonia donde vivo cambiar; muchos vecinos de cuando nos cambiamos a esa casa, se fueron y otros más, la mayoría murieron. Los hijos s ecasaron y algunos de ellos se fueron a vivir a otros barrios, ciudades e incluso países. Otros nuevos vecinos tuvieron estancias pasajeras, y algunos más finalmente se quedaron a largo plazo. Casas fueron reconstruidas y remodeladas, son las menos las que permanecen iguales. Ahora quisiera haber tendido fotos que permitieran ver como la calle cambió con el paso del tiempo, hasta su nombre cambió. Estoy en la segunda etapa en que no hay niños en la calle, ya hubo una etapa así en los 80´s y principios de los 90´s, ahora se repite. Ahora los niños de ayer son adolecentes y jovenes y por tal motivo, ya no se hacen las posadas en navidad, ahora son, en el mejor de los casos,  fiestas en la casa de algún vecino, o de plano no hay nada. Sí, todo fluye, la vida fluye y las cosas, los objetos materiales, también cambian y se sustituyen unos por otros, más acordes a los nuevos tiempos. Mirar el presente es sentir el vértigo del cambio y la transformación constante, porque en realidad, nada permanece más allá de unos breves instantes. Como el agua, la vida corre y se escapa entre nuestras manos que inútilmente se esfuerzan en contenerla  en un acto fallido. Por eso es tan difícil observar el presente, y por eso es tan interesante, a pesar de ello, mirarlo.  El lugar privilegiado para hacerlo es, sin duda, la ciudad, la gran metrópoli, la gran urbanización que aglutina millones de vidas, incluyendo la mia.

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